La frontera leonesa y la Batalla de Camposagrado

Camposagrado no es un capítulo del Señor de los Anillos, ni una novela de fantasía épica, pero muy bien podría serlo.

Se trata pues, de un lugar y una batalla perdida en el tiempo, entre el mito y la leyenda, pero fundamental para la supervivencia de nuestra historia. Sin la victoria de Camposagrado, quizás la Reconquista hubiera tomado otro rumbo bien distinto, al que conocemos hoy en día, si es que al final, hubiera sobrevivido.

Hoy, tan solo queda un vago recuerdo de aquella gesta épica. Una ermita, como tantas otras en la provincia de León, en este caso la de Camposagrado. El citado monumento se ubica en la frontera de los pueblos de Benllera y Rioseco de Tapia (y no es casualidad este segundo nombre) y el motivo, el Tapia, de que yo encontrara esta historia buscando información sobre el origen de mi propio apellido.

Volviendo al tema en cuestión y a la ermita en particular, antaño era la frontera entre la diócesis de León y Oviedo, hasta el año 54 del pasado siglo, en el que pasó definitivamente a depender de León. ¿Y por qué hablamos de esta singular ermita? Pues hablamos de ella, porque marca el emplazamiento de los sucesos que vamos a narrar.

Según la leyenda, apenas iniciada la Reconquista, tuvo lugar en esa plaza una gran batalla entre los primeros cristianos del joven reino astur y el temible poder sarraceno que ya se había hecho con gran parte de la península. ¿Todo no?, no, efectivamente, casi como si se tratará de una historia de Asterix y Obelix, aún se resistía al invasor un pequeño tramo de tierra que aún se decía cristiana e insumisa al poder cordobés. Y estos rebeldes, que algunos historiadores modernos se empeñan en minimizar y vilipendiar, se preparaban para dar batalla al invasor, por afirmar, «Yo estoy aquí y no pienso rendirme», aunque en aquel empeño, les fuera la vida.

Según la tradición que se ha preservado hasta nuestros días; el campo quedó sembrado de cadáveres hasta donde alcanzaba la vista. A todos ellos, fue imposible dar sepultura. Fue por este motivo, por el gran número de muertos insepultos, que para preservar sus almas, se optó por bendecir aquel campo de batalla, convirtiéndolo en un gran cementerio al raso. Motivo por el cual, paso a llamarse «Campo Sagrado».

En honor a la Virgen y a la victoria, el propio rey Pelayo, mandó erigir una ermita y depositó en ella la talla de la Virgen que el ejército vencedor, el cristiano, portaba durante la batalla. Por la victoria como hemos dicho, y por algunos inexplicables prodigios que tuvieron lugar la noche anterior a la contienda.

Pero no terminá ahí lo curioso de esta historia y esta batalla. Aquel lugar vetusto, ya era sagrado para los pueblos ancestrales de Iberia desde la más remota antigüedad. En aquel tiempo y en la actualidad, ya contaba con una serie de túmulos funerarios primitivos. Quizás antiguas tumbas de reyes pretéritos, o con alguna relación mágica con los cultos lunares. Que aún hoy, son un misterio para los investigadores.

Una vez más, volvemos a la tradición para dar una explicación a la existencia de estos pozos y vuelve a ser el rey Pelayo, el protagonista. Nos encontramos en la víspera de la batalla, y ante su gran inferioridad numérica con respecto al enemigo sarraceno, Pelayo se encuentra rezando y meditando. Es entonces cuando se le aparece el apóstol Santiago, quien le indica donde debería acampar su ejército y como debe cavar una serie de trece pozos, para ocultar allí a sus hombres, a razón de unos cincuenta por pozo.

Pelayo, encargó la organización de la batalla al Capitán Colinas, y esté mandó a los hombres y los dirigió en la batalla. Obrando según las indicaciones del apóstol, transmitidas por Pelayo.

Al paso de la morería, los cristianos permanecieron ocultos en los pozos y cuando los desprevenidos moros estuvieron cerca, El Capitán Colinas y los suyos, saltaron de los pozos y salieron a degüello y a la desesperada, pues ante la derrota no cabía sino la muerte segura. Los de Colinas hubieron de luchar con todo lo que tenían; su acero, su sangre y su corazón.

Según la historia más oficial, y tras la victoria de Covadonga. Sarracenos al mando de Munuza amenazaban los paramos leoneses, en las postrimerías del puerto de Mesa y fue allí donde la mesnada del Capitán Colinas en nombre del rey Pelayo, los interceptó y acabó con sus vidas, protegiendo así la frágil frontera al naciente Reino de Asturias.

En mérito por esta victoria, fue entregada aquella tierra en custodia y para disfrute de su linaje al citado Capitán, que no tardó mucho en iniciar los trabajos de construcción de una torre, por la que más tarde recibiría nombre su linaje, el de la Casa de Tapia. Nobleza antigua, e hidalgos amigos y parientes de los de Ordás.

Está, no fue sino una de las centenares de miles de historias de nuestra dura Reconquista, que en bien tiene a ser salvada y recordada. Y que a bien cierto, cada noble apellido hispánico tiene la suya, y por tanto, merece de igual forma, ser buscada, narrada y guardada para la admiración de las generaciones futuras.

Recordemos hoy a ese capitán, el capitán Colinas, al sitio de Camposagrado y honremos a sus héroes. Nuestros antepasados.