El Vigía de la Mazmorra; Entra en los reinos malditos.

Autor: Sergio Tapia

LOS LIBROS

 

El cielo era como un sudario gris pálido, desgarrado a jirones por lanzas de nubes blancas que arañaban aquí y allá en el abovedado infinito. Por el que un gran cuervo sobrevolaba aquellas latitudes sombrías, graznando al son del viento helado.

Por el camino embarrado, a la par, trotaban dos siluetas a lomos de corceles. La lluvia, aún tímida y reprimida por una brisa fría y feroz, chocaba contra las capuchas y capas oscurecidas de los dos jinetes.

Los caballeros zigzagueaban por el sinuoso camino, flanqueado a ambos lados por un largo tramo de bosque de ramas resecas y ennegrecidas. Como si no hiciera muchos años, aquel bosque hosco y hostil, hubiera sido presa de las llamas.

Avanzaron un poco, siempre rumbo al norte y hacia una espesura se fue poco a poco abriendo y dándoles paso a un claro que parecía ensancharse e ir agotando el bosque. Abriendo a un paraje infame, salpicado de matas bajas y amarillentas y una tierra negra e ingrata, salpicada aquí y allá por calizas aristadas.

Ambos jinetes parecían semejantes, tanto en edad como en sus siluetas. Portando un escudo bordado en sus capas con el blasón de un águila negra bicéfala sobre un fondo rojo, casi como si fueran un reflejo el uno del otro.

Aunque las semejanzas terminaban ahí. Pues, mientras el que iba el primero y bajo una capa húmeda y acartonada, lucía una coraza de tonos grisáceos, casi plateados y montaba un corcel albo. El otro jinete, el que cabalgaba a la diestra del primero, ceñía una coraza y piezas de armadura oscuras, negras, como tenebroso ónice.

En un mundo medieval y caótico, salpicado por la violencia de la guerra y los destellos de una magia arcana. Donde las intrigas y el acero marcarán el destino de una antigua estirpe de reyes; Tres antiguos reinos de los hombres, se ven abocados a la guerra, bajo la sombra y los designios de antiguos demonios dormidos y olvidados, en las cavernosas oquedades entre glaciares y agrestes montañas. Donde las leyendas y las promesas arcanas, ansían cobrarse su tributo.

Aquellos eran tiempos tenebrosos, tiempos de guerra, y las voluntades de los hombres confrontaban las de los reyes y altivos señoríos. Pues la voluntad de estos, a menudo, imponía el destino de los tristes mortales conduciéndoles a la ciénaga de la fatalidad y la desesperanza. Como si su juego, el terrible juego de los dioses y las coronas, hubiera sido tejido en un tiempo incierto. Solamente, para causar dolor y sufrimiento a la raza de los hombres, castigados ya por tantos siglos de dolor y luchas sin cuartel en los que antes se llamaban, reinos hermanos.